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29 abr. 2020

Riboswitch es ribointerruptor y no riborregulador

Un riboswitch es un fragmento de RNA (normalmente de un mRNA) que tiene un aptámero (aptamer) capaz de reconocer un ligando específico que suele ser un metabolito. Esto hace que la plataforma de expresión (expression platform) del RNA cambie de estructura y se modifique la cantidad detectable de la proteína que codifica este RNA. El neologismo riboswitch fue acuñado por Ron Breaker en su Nature de 2002 y, en 2016, yo era un firme defensor de que su traducción debería ser riborregulador. Hoy tengo que rectificar y proponer que la traducción más apropiada es ribointerruptor para reproducir la metáfora con los interruptores de la luz que tiene el término original. 
El motivo de esta mudanza radica en que ya se había propuesto el término riboregulator en un Nucleic Acids Research de 2001 para designar a los RNA no codificantes que tienen actividad reguladora. En otras palabras, el riboregulator sería un regulador génico de naturaleza ribonucleica, como indican los propios autores: various non-translatable, non-coding RNA transcripts are [...] lacking a protein coding capacity and it seems they exert their action [...] as a genetic regulator (riboregulator) by acting either in cis or in trans. También los llaman regulatory RNA, pero la idea de riboregulator ya está recogida hasta en la Wikipedia y explicada con detalle.

Para evitar la indeseable polisemia y conociendo cómo funcionamos los científicos a la hora de traducir neologismos, lo mejor será dejarlo como: 
  • riboregulatorriborregulador;
  • riboswitchribointerruptor.

20 abr. 2020

Del fullereno a la fullerita y las pelotas de Bucky

Se denominan en inglés fullerene los compuestos formados por átomos de carbono unidos por enlaces simples y dobles que forman anillos fusionados de 5 a 7 carbonos cuya disposición espacial es la de esfera, nanotubo, u otras. Para llegar a este nombre genérico, debemos saber que el más típico (el de la figura) está formado por 60 carbonos dispuestos en 20 hexágonos y 12 pentágonos como un balón de reglamento. Recibe el nombre de buckminsterfullerene en honor al arquitecto, diseñador, inventor y futurista estadounidense Richard Buckminster Fuller, cuyo invento más conocido son las cúpulas geodésicas (geodesic dome) a las que se parecen estos compuestos.
Este archisílabo buckminsterfullerene no tiene ningún futuro en inglés y se suele acortar como buckyball debido al apodo familiar (Bucky) por el que era conocido Fuller. Sí, yo también estaba pensando en las pelotas de Bucky.

Toda esta etimología puede parecer graciosa, pero maldita sea su estampa porque si se hubiera castellanizado con criterios fonéticos, como en football → fútbol, collagen → colágeno y allyl → alil(o), hubiéramos tenido fulereno, el término preferido por muchos expertos del idioma. Sin embargo, la RAE ha optado por la conservación ortográfica que se sigue en casos como darwiniano y freudiano, así que en 2018 admitió fullereno, a pesar de la reminiscencia que tiene con fullero. Por tanto, las risas están garantizadas cuando hablemos de la forma cristalizada de estos compuestos: fulleritefullerita. Tampoco tiene desperdicio la traducción de los buckyballs como futbolitas, con lo que tendremos futbolitas que acaban siendo fulleritas. ¡Qué gran motivo para echar de menos la neología basada en el griego y el latín!

1 abr. 2020

Hay proteínas dúctiles (sin estructura fija)

La estructura de las proteínas no es una propiedad tan homogénea o universal como se pensaba. A finales del siglo pasado se comprobó que algunas, lejos de tener una estructura definida, son flexibles y muy maleables. Abundan más de que lo imaginábamos, pues constituyen casi un tercio de las proteínas celulares. Esta plasticidad les confiere propiedades cruciales para su funcionamiento en el ciclo celular, en la señalización celular y en la regulación. Además, seguro que desempeñan una función decisiva durante la formación de los organismos multicelulares, la evolución y la adaptación a condiciones ambientales adversas.

Sin embargo, no todo son ventajas. La falta de definición en la organización estructural o el plegamiento hace que acaben agregándose y acumulándose. Esta disfunción las relaciona con enfermedades como el cáncer, el alzhéimer, el párkinson, la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), las enfermedades cardiovasculares, la diabetes de tipo II y algunas enfermedades infecciosas.

En inglés reciben el nombre de IDP, por intrinsically disordered proteins, que no es correcto traducirlo por proteínas intrínsecamente desestructuradas ni por proteínas intrínsecamente desordenadas porque no es que carezcan de estructura, sino que no necesitan adquirir un plegamiento concreto para realizar su cometido. Me inclino por recomendar la traducción que Inmaculada Yruela Guerrero, investigadora en la Estación Experimental de Aula Dei del CSIC y experta en el tema, ha propuesto para hablar de ellas en el título de su libro: proteínas dúctiles.

No debemos confundir las proteínas dúctiles (que tienen muchas estructuras sin que varíe la secuencia) con los polimorfismos (mutaciones que cambian un aminoácido de la proteína que ocasionan cambios ligeros de la estructura). Lo digo porque lo que impide hacer vacunas duraderas contra los virus de RNA (RNA virus) como el VIH, los virus de las hepatitis A, C, D y E, el virus de la gripe y el SARS-CoV-2  (que en estos días nos mantiene en confinamiento) son los polimorfismos, no la ductilidad de sus proteínas.